3.6 Mérida P. 1964-71. Comportamiento
La mayor parte
de los Institutos de Enseñanzas Medias de España de la época de Franco,
excepción hecha de unos pocos de Madrid y Barcelona, eran, si no iguales, sí
muy parecidos. El Estado estaba muy centralizado y la jerarquía no permitía
ningún tipo de sobresalto ni siquiera de ambigüedad o interpretación en la
aplicación de las leyes, que encauzaban todos los contenidos curriculares
dentro de las líneas marcadas por lo que se denominaba el Nacional-Catolicismo,
estando lo Nacional controlado por FET y JONS y el Catolicismo por la Iglesia
Católica.
Con las
excepciones anteriormente mencionadas, leyes, decretos y normas llegaban al
unísono a todos los centros y la aplicación era igualmente automática, pues se
controlaban todos los mecanismos intermedios entre el BOE y el Aula (Dirección
e Inspección educativas, Juventud, Ocio, Prensa…). Salvo excepciones, España
era una gran mancha ruralizada, de comportamiento casi uniforme en lo que hace
referencia al tema de Enseñanzas Medias. Pero hay tres excepciones
que no quiero dejar de mencionar y que las considero relevantes,
características y diferenciales del Instituto de Astorga.
La primera de
ellas era el peso de la Iglesia en el Centro, que no se podía circunscribir a
la Dirección de Don Pérez Barreiro o la Jefatura de Estudios de Don Abelardo… ya que
existía antes que ellos. La fuerza de la Iglesia era ostentosa (Capilla en los
nuevos edificios, religiosidad de las celebraciones, y sobre todo, intensidad y
cobertura de los Ejercicios Espirituales anuales). En otros Institutos de la
época, de nuestra zona o de otras, no era tan perceptible esa componente
religiosa como en nuestro Instituto.
La segunda, la
exigencia del uniforme. Y más que la exigencia en sí misma, que lo homologaba
con casi todos los centros docentes privados y/o de la Iglesia, llama la
atención el énfasis que se hacía en la vigilancia sobre la rigurosidad de esa
uniformidad. Cualquier desviación respecto a lo tipificado como “uniforme” era
sancionable.
La tercera, el
control del comportamiento. La existencia del Muro y de la famosa Cartilla con
los cupones… cuya eliminación actuaba como sensor del mal comportamiento dentro
del Instituto. No he podido encontrar analogías a estos funcionamientos en
otros institutos públicos de la época, siendo lo más parecido que he descubierto
a los cupones, la existencia de una tarjeta individual mensual, también
acartonada, en algunos colegios de monjas, que pinchaban con un alfiler los
días correspondientes de las tarjetas en los que se habían producido conductas inapropiadas
o indeseables de las alumnas.
Reservamos este
apartado para las medidas estelares del comportamiento y dejaremos para otras posteriores,
las relativas a Ejercicios Espirituales, uniformes y escudos, también excepcionales
por su intensidad y/o rigurosidad.
1. El Muro.
Todos los estudiantes de INEMA, mejor dicho, los que estudiamos en el edificio de la calle de los Sitios, sabíamos lo que era el Muro. El nuevo y flamante edificio venía equipado con moderno mobiliario y material pedagógico (ver El Pensamiento Astorgano de fecha 31 de Agosto de 1963). No sé si dentro de dicho revolucionario material didáctico y pedagógico podríamos también considerar el Muro o éste fue, más bien, un aprovechamiento táctico que presentaba el inmueble. Me inclino por lo segundo… aunque la demostrada pericia de los expertos en pedagogía que aún anda desparramada por nuestras actuales aulas… a veces me hace dudar.
F1965.ElMuro
Lo comentaré un poco para quién no tuvo la suerte de conocerlo o de disfrutarlo durante algún que otro recreo.
Fundamentalmente el Muro era una zona pensada (no sé si de diseño
o coyuntural) como una zona de castigo y exposición, que cumplía bastante
fielmente con su cometido, que estaba a medio camino entre las mazmorras y el
escaparate. Me explicaré… pero permítanme antes una pequeña digresión de
algunos quehaceres cotidianos que también nos llevaban su tiempo.
En nuestro
horario (plan de 1957), había un recreo de media hora, en que los alumnos
podíamos salir a la calle a descansar, a comer el bocadillo… si lo teníamos,
etc. y que los más golfos aprovechábamos para fumar un cigarro a escondidas. Lo
de fumar venía de lejos, de muy lejos, ya de niños de pantalón corto todo el
año. A veces conseguíamos robar al propio padre un puñado de cuarterón (que
necesitaba del librito), o un celtas, y que nuestro padre fingía ignorar. Otras
comprábamos en el Estanco de las Letras, frente a Santi Espíritus, cigarrillos
sueltos (4 Ideales costaban 1 peseta, lo mismo que 3 Celtas o 2 Santillanas).
Comprar por separado era bastante más caro,,, pero así evitábamos esconder el
paquete… que abultaba bastante y no pasaba desapercibido, pues engañar a tu madre no era lo de hoy...
Fumar por la
calle… no era difícil en invierno, pues ocultar el humo del cigarro en el
bolsillo del abrigo no presentaba problemas en caso de tropezarte con un
conocido de tus padres… excepto que éste quisiera achicharrarte a ti, a tu
abrigo o a ambos y te diera más palique del que aguantaba encendido tu cigarro,
sostenido cuidadosamente en tu mano para evitar la quemadura... pero que podía convertirse en un infierno. Se han dado casos
de quemaduras… que nunca han llegado a adquirir la dimensión de incendio ni
han necesitado del servicio de bomberos… pero si han requerido la compra de
otro abrigo. Y no sería porque no entrenáramos la jugada… que la practicábamos
desde todas las situaciones y casi con tanta intensidad como lo hace un jugador de baloncesto aspirante a ser bueno en eso de tirar a la canasta.
En los
futbolines que había en la calle de la Cruz, casi enfrente de un bar de aquella
época un tanto siniestro llamado “El Bodegón” podíamos fumar a cubierto de aquellas
lamentables incidencias y pasábamos el tiempo esperando ver como podíamos jugar
de gorra (porque no teníamos un céntimo) las bolas que a veces sobraban a otros,
después de ganar la partida en grandes duelos. Partidas de 7 bolas a 50
céntimos, a una peseta o más, por partida, según el año, que la carestía de la
vida crecía muy rápidamente. Así éramos y así nos comportábamos.
F1965_CeltasPeninsulares
F1965_CeltasPeninsulares
Pero sigamos.
Cuando había un mal comportamiento leve, es decir, que no requería el corte de
los famosos cupones de los que hablaremos más adelante, eras castigado al Muro,
uno o varios días. Nunca en horas de clase, sino en tiempo de recreo.
El miedo del
alumnado hacía que El Muro funcionaba de manera autónoma, es decir sin
vigilantes. Solo excepcionalmente cuando, por las circunstancias que fuera, El
Muro presentaba “overbooking”, Don Abelardo siempre dispuesto a trabajar las 25
horas al día que le pagaban, se pasaba el recreo vigilando. No recuerdo que
jamás transfiriera dicha responsabilidad a ningún otro profesor. Honestamente
he de confesar mi convencimiento de que nadie como él podía igualarlo en las
tareas de “poli malo” que debía de tener encomendadas por la Superioridad.
Mientras los
demás salían a la calle, los castigados bajaban al Muro normalmente con un
libro para no aburrirse como pasmarotes durante esa media hora de recreo. Y poca
broma con las gansadas desde el Muro… pues todos sabíamos que la estancia en
él, era como un paso previo a la temible tala de cupones… El mal comportamiento
te podía llevar al suspenso de una asignatura o más, e incluso la expulsión del
Instituto, que por la vía de los hechos, significaba la expulsión de Sistema
Educativo… habida cuenta de que no había otro sitio donde poder cursar
Bachillerato en Astorga. Y había muy pocos institutos en la Provincia de León y
del de Astorga dependían, nada menos
que, las Delegadas de La Bañera, Valderas, Hospital y Veguellina, Carrizo. O al
menos así lo creíamos. Eran tiempos de poca broma con el tema del
comportamiento.
El caso es que
los castigados, que eran perfectamente visibles desde la calle, se podían
convertir en la comidilla y el risoteo del alumnado, y no solo del alumnado.
Podía darse el
caso, por ejemplo, de que llegaras a tu casa y tuvieras que explicar a tu madre
por qué estabas hoy en el Muro… Y lo de menos eran las explicaciones que
dieras. Era una pregunta retórica que estaba respondida en la misma pregunta.
El Muro parece
ser que fue de las primeras “instituciones pedagógicas” que empezó a caer. Fue
yendo a menos, poco a poco, hasta desaparecer hacia comienzos de la década de
los 70. Esta década habría de traer grandes cambios en INEMA… que de alguna
manera eran paralelos a los que comenzaban a producirse en la sociedad
pre-democrática de España.
2. Los cupones.
La
medida y control del comportamiento en INEMA tuvo un fuerte y efectivo aliado
en los cupones de conducta, que juntamente con el mencionado Muro,
complementaba el dispositivo de refuerzo a una disciplina que muchas
veces dejaba de ser vacua y gratuita para convertirse, simplemente, en
arrogante.
Se pusieron en
funcionamiento hacia el año 1959 o 60, funcionando el Instituto aún en la calle
Padre Blanco/Rodríguez de Cela. En aquellos primeros tiempos el número
cupones dados por Curso Académico eran solo 10.
Lo que cuento a
continuación, es la poda de cupones más bestial de la que he tenido
conocimiento. Así me lo ha contado un protagonista que prefiere mantenerse en
el anonimato, nacido hacia la mitad de la década de los 40:
“Recuerdo que la gimnasia, se hacía en campo de futbol del Astorga F.C., y
estaban haciendo obras de acondicionamiento, por lo que D. Santiago Fuertes Franco,
decidió darnos las clases en unas praderas próximas a la Plaza de Toros. Eran
las primeras horas de la tarde, y ese día, D Santiago, se retrasó y nosotros,
jóvenes inquietos, para entretenernos, no se nos ocurrió otra cosa mejor, que
atacar un árbol repleto de relucientes membrillos, de una huerta próxima...
Joer !! Maldita sea !!...
Se saldó la broma con 4 cupones menos
por barba, salvo para los "meapilas", que en mi generación, también
los había.
Aquello fue una odisea. La llegada a casa, con el 40% de la conducta
deshonrada!!..” (Fin de
la cita)
No
sé si fue a raíz de esta pasada, o que la raza, fue/fuimos paulatinamente
empeorando, o que las autoridades académicas apostaron por nuevos matices, o
que se quedaban sin matrícula… pero el número cupones se dobló. Y ese aumentó
debió de darse entre 1960 y 1963.
La
cosa funcionaba así.
A comienzo de
cada curso nos daban un cuadernillo de notas (no el Libro de Escolaridad) que
llamábamos “La Cartilla”, en el que constaba nuestra identificación como alumno
con la foto y distintas hojas, una para cada profesor y/o asignatura. Los profesores iban poniendo, en la hoja correspondiente a su asignatura, las notas y
observaciones relacionadas con las salidas que hacíamos al encerado, que eran
habituales, al comportamiento, etc.
No habían
inventado lo de la Evaluación Continua, pero no había semana que no salieras
una o más veces a responder a las preguntas o resolver los ejercicios que
tocaran. Por cierto, era un buen ejercicio oral, que tal vez debería ser
incorporado en las aulas actuales… para afianzar la ordenación de ideas,
dicción, el ritmo y la entonación que exigen expresiones más largas y
elaboradas que un simple tuit. Había, incluso, algún profesor que sacaba a
todos los alumnos a la pizarra y allí les cosía a preguntas que ellos habían de
responder. Con cada acierto se adelantaba un puesto y con cada fallo se
retrocedía en la lista ordenada que se iba generando. Al final de la sesión…
los alumnos estaban perfectamente ordenados por conocimiento en la materia.
La última hoja
de esa cartilla, que debíamos llevar siempre a clase y no llevarla se
sancionaba, era de tipo acartonado y de color, y aparte de otras informaciones,
había 20 cuadraditos, premarcados para poder ser cortados individualmente. Eran
los 20 cupones que tenías para cada año… y cuya ausencia, reflejaba,
proporcionalmente, el mal comportamiento o conducta que tenías en el Centro. No
se podía traficar con ellos, puesto que desde el primer día debían de estar
debidamente rellenados. Por el anverso, con el nombre, apellidos, curso y
número, y por el reverso, con la firma. Era usual el intercambio de cupones con
los amigos una vez finalizado el curso, y también tenía efecto liberador
deshacerse alegremente de aquello que habías estado protegiendo tan cuidadosamente
durante todo el año.
Las pequeñas
faltas, en mi época eran resueltas con la tala de un cupón. Normalmente cuando
oías decir en clase, en alto, “Fulano (que eras tú)… tráigame la cartilla”… no
era para dedicarle unas líneas a tu excelencia como alumno, no. Era que habías
hecho algo desaprobatorio, o bien la sensibilidad o “mala leche” del profesor,
ese día, estaba sembrada… y perdías un cupón. O dos, si la cosa era más grave,
como encararse y contestar mal, etc. Yo no llego a recordar “amputaciones”
superiores a dos cupones… pero haberlas, las hubo.
La poda de 10
cupones significaba la suspensión de una asignatura y a partir de ahí, cada dos
cupones quitados más se añadía otra asignatura suspensa. Si te quitaban los 20
se procedía a la expulsión del Instituto. Es más, cada año cambiaba su color
para que no pudieran utilizarse los de un año para el siguiente. Al menos, eso
pensábamos los alumnos.
Retrospectivamente,
para ser fiel a la verdad, y a pesar de la congoja y el control que
significaban para nosotros, he de decir que parece que el “coco”
de los cupones era más virtual que real. Ciertamente cumplía su función de
intercambiar información entre el Instituto y la Familia respecto al
comportamiento y de control. Pensábamos que la penalización con suspensos por
retirada de 10 o más cupones era real, pero lo cierto es que todo esto se
transmitía por vía oral (supongo que convenientemente abonada por algunos
profesores), sin constancia escrita… que yo conozca. Se decía que el cambio de
colores anual, pretendía evitar la utilización de los de un curso para el
siguiente. Es posible que fueran todo bulos para dar más consistencia a lo que
no era más que un gran camelo.
De hecho, no
tengo conocimiento de que tal medida fuera utilizada en otros institutos de la
época, como tampoco lo tengo de ningún caso “real” en que se procediera a
suspender una asignatura por el efecto de los cupones. Y, por una especie de
reducción al absurdo, de haber sido así, ¿cuál era la asignatura afectada?,
¿era aleatoria o se seguía un orden?, ¿estaría de acuerdo el profesor de la asignatura?, ¿y el
Jefe de Seminario o Departamento?
Tampoco han
dado resultados las averiguaciones llevadas a cabo con algunos profesores
activos en la época, cuyo olvido o desconocimiento de los mismos es tan
sorprendente que llevan a pensar que hubo algún tipo de ocultismo del tema respecto
al profesorado joven.
En resumidas
cuentas, es como sí el tema de los “cupones” hubiera sido una pesadilla singular
que padecimos los alumnos, pero que no tuvo demasiado recorrido administrativo,
es decir, totalmente alegal, que funcionó, al menos, desde 1958 hasta finales
de los 60, que nos mantenían asustados y controlados… pero que no se recogían,
centralizaban ni procesaban tras ser cortados, ni significaban suspensión de
ninguna asignatura, ni se tenían en cuenta en las sesiones de evaluación de los
alumnos... según me ha sido contado por algún profesor protagonista de la
época. Reales e importantes, sí, pero tal vez sólo para los alumnos y alguno de
los profesores más amantes de las esencias.
Y recuerdo y cito ahora como por
pura asociación de ideas, que Don Abelardo San Román fue Jefe de Estudios desde
el curso 1959-60 (siendo Director Don Pedro Rodríguez) hasta el 1970-71 (inicio
de Don Manuel Pérez Barreiro como Director). Fin de la asociación.
Por si el Muro
y el sistema de Cupones fuera poco para el control del comportamiento interno,
también se zonificaba el espacio de la ciudad por donde podían pasear los
chicos y las chicas en tiempo de recreo... aunque esta medida fue, si no recuerdo
mal, parcial en el tiempo, sólo hasta finales de la década de los 60.
Y además,
determinados profesores y profesoras (y esto no es militancia feminista) amenazaban con sacarte el día siguiente a dar la
lección (la amenaza velada era ponerte mala nota) si te veían pasear por la
ciudad fuera del horario de clases, por la tarde/noche… tiempo en el que ellos
suponían que tu debías de estar estudiando. Esto debió de ser hasta el año 67,
tal vez 68, y, afortunadamente, no fue una costumbre generalizada.
[Fotos: F1965.ElMuro, F1965_CeltasPeninsulares]
Próxima entrega: 3.7. Mérida P.
1964-71. Hábitos y más…
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